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17 nov 2014

The Hatfields and The McCoys






El otro día por fin me vi el pedazo de miniserie The Hatfields & McCoys, western en mayúsculas, protagonizado por Kevin Costner en el papel de William Anderson “Devil Anse” Hatfield y Bill Paxton en el papel de Randolph “Randall” McCoy. 
Reúne todo lo indispensable para captar la atención de ese espectador fanático del género: Guerra de Secesión, conflictos familiares, ajuste de cuentas, cazarrecompensas e incluso detectives de la afamada Agencia Pikerton...La recomiendo sí o sí.
Los actores están sublimes en su interpretación, Kevin Costner nos recuerda el teniente John H. Dunbar de Bailando con lobos, Bill Paxton (Randolph McCoy) a ese sudista puritano resentido con Dios por abandonarle a su suerte durante la guerra, y no nos olvidemos de Tom Berenguer en el papel de Jim Vance, de la familia Hatfield, racista, cobarde y con un odio intrínseco hacia los yankis.
La ambientación, imprescindible en el género histórico, es un elemento fundamental en la serie, logra transportar al espectador a la zona sudista de los Estados Unidos de posguerra y nos permite observar cómo se tuvieron que reinventar al pertenecer al bando derrotado de la guerra.
Lo curioso de cuando comencé a ver la serie fue enterarme de que está basada en una historia real, siendo la serie bastante fiel a la realidad. Además investigando un poco vi que se trata de un hecho muy anclado en el imaginario estadounidense y en todo lo que conlleva la historia de la formacióin de la identidad estadounidense post-Guerra de Secesión.
Entrando en materia,voy a poner en situación al lector sobre la temática de la serie. Nos encontramos en el segundo año de la Guerra de Secesión americana (1861-1865), las tropas sudistas están en retirada y en unos de los teatros de operaciones están combatiendo William Hatfield y su partida conocida como los “Logan Wildcats” junto con Randolph McCoy. Llega un momento en que William Hatfield harto de la guerra y de ver que no hay nada que hacer, decide desertar y volver a su casa de West Virginia, decisión que no gustará nada a Randolph McCoy y que verá este acto como una traición a la Confederación y a Dios. Este hecho será el desencadenante del odio enfermizo entre los dos cabezas de familia asentadas entre Virginia Oeste y Kentucky, separadas por el río Tug Fork.
No voy a entrar a desgranar la trama para no revelar nada al futuro espectador, pero bien vale la pena de sentarse y disfrutar de esta serie sobre una temática que no es muy proclive en el mundo de las series o miniseries, salvando Deadwood o Hells on Wheels.
Como anécdota podemos decir que el último juicio entre las dos familias se prolongó hasta el 1901, y no fue hasta el 14 de junio de 2003 cuando dos primos descendientes de los McCoy se reunieron con Reo Hatfield en Virginia, para firmar un "alto el fuego" oficial entre ambas familias. El propósito del acto simbólico era mostrar a los estadounidenses que en tiempos de crisis se pueden dejar de lado las diferencias (explicación Made In USA).


31 oct 2014

Josiah Harlan: El hombre que pudo ser rey





El hombre que pude ser rey (1888) es una genial obra literaria de Rudyard Kipling, sí, también autor del archifamoso Libro de la selva. Quizá sea muchísimo más conocida la adaptación cinematográfica que hizo John Houston (otro genio) en 1975, de nombre El hombre que pudo reinar, y que contó con la interpretación de Sean Connery, Michael Caine y Cristopher Plummer ¡¡¡casi nada!!!.
A grandes rasgos la película narra las peripecias de dos trileros y estafadores, sargentos del ejército colonial británico llamados Daniel Dravot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine) que emprenden un duro viaje para conquistar el legendario reino de Kafiristán. Tras cruzar el Himalaya y recibir la ayuda el gurkha Billt Fish, conquistarán un pequeño reino y Dravot será investido como rey. En la película los guiños a la masonería son constantes (no hay que olvidar que Kipling fue un destacado masón) , y es gracias a un colgante que lleva Dravot con el emblema de la masonería y que le entrega el mismo Kipling antes de la expedición, el que hace que los monjes de la zona lo identifiquen como el sucesor del último rey que habitó los palacios, Alejandro Magno, que dejó un sello coincidente (el compás, la plomada y el ojo). 
Bueno, tampoco quiero revelar el final de la película, pero sí os invito a que la veáis ya que se trata de un clasicazo en toda regla. Lo que sí quiero contar es la historia real en la que se basó Kipling para realizar el libro El hombre que pudo ser rey; se trata de Josiah Harlan, quien no tuvo un final tan poético como el de Dravot pues terminó sus días como persona non grata para los británicos. 
Harlan, cuáquero, francmasón, aventurero y admirador de la figura de Alejandro Magno salió el 1829 de Pensilvania, sin nada, a tierras afganas para hacerse con un territorio donde instaurar un reino y ser rey del mismo. La cosa suena a andanza romántica, donde un rey se hace así mismo, conquista tierras insospechadas haciendo frente a todas las adversidades posibles y obtiene su reino no sin sangre derramada...pero no más lejos de la realidad, Harlan quiso llegar a su futuro reino montado en un elefante. Tras embarcarse rumbo a Oriente llegó a la India; estando allí le llegó una carta donde le decían que su prometida se había casado con otro, así que ni corto ni perezoso, Harlan se prometió no volver nunca a EEUU y se dedicó a la aventura, a la búsqueda de fama y como no, a la búsqueda de un reino. 
Tras ponerse al mando del exiliado rey afgano y poner rumbo a Kabul, Harlan sin comerlo ni beberlo se introduce en el Gran Juego de las potencias europeas por el control de Asia Central, sobre todo de Gran Bretaña y el Imperio ruso. En su marcha a Kabul le pasó de todo, luchas con tribus, penurias, hambre y tras diferentes vicisitudes abandonó su misión encomendada y retornó a la India. 
Su carácter aventurero y su empeño por conseguir su afamado “reino”, le hizo buscar nuevas aventuras en Punjab (cerca de Afganistán), donde se vio envuelto en un revuelta entre afganos y el pueblo sikhs. En este caso tomó partido por el rey afgano, al que antes había intentado derrocar, formando un ejército de 4000 hombres a su servicio. Fue durante esta travesía hecha en un elefante donde impresionó tanto al príncipe de Ghor, que este le propuso pasarle la soberanía si ayudaba a mantener la seguridad de su reino. Y así fue, se redactó un papel a modo de contrato entre ambos. Harlan ya tenía su reino que tanto anhelaba. 
Pero su logro duró bien poco, cuando volvió a Kabul para dar forma a su contrato e instalarse en Ghor, los británicos habían invadido Afganistán y no estaban para tonterías o historias raras, así que rápidamente fue expulsado de allí con su papel donde ponía que era futuro rey de Ghor. 
Antes de volver a los EEUU intentó buscar ayuda en el Imperio ruso pero fue tomado por “loco”. Volvió definitivamente a Filadelfia en el 1841, donde pasó sin pena ni gloria, autodenominándose general Harlan. 
Durante la guerra de Secesión norteamericana volvió a las andadas, formando la Brigada de Caballería Ligera Harlan, combatiendo en el lado de la Unión y buscando glorias, glorias que por contra fueron efímeras. 
En 1871, mientras planeaba ir a China para ofrecer sus servicios militares al emperador, muere en San Francisco. 
Harlan, que decía que una espada afilada y un corazón audaz suplantan las leyes del derecho hereditario, al igual que Dravot tampoco pudo conservar su reino. 

 “nos vamos de aquí para ser reyes”, dijeron Dravot y Peachey a Kipling.